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Fragmentos literarios


BRUJAS

Por Irene Vasco
1990

Hace tiempo era muy fácil ser bruja. Solamente había que vivir en un bosque, convertir a las princesas en ranas y comerse a los niños que se cruzaran por el camino. Hoy en día las cosas son más difíciles. No hay bosques, no hay princesas y a los niños no los dejan salir solos.

Eso no significa que las brujas hayan desaparecido. Por el contrario, cada vez hay más. Últimamente se les ve invadiendo cada rincón del universo al volante de carros grandes, chiquitos y hasta camiones, atropellando a todo aquel que se les atraviesa.

Hay que perdonarlas. No lo hacen por maldad. Es que mientras manejan, sueñan con volver a los tiempos de antes, cuando su única preocupación era esperar a que algún niño despistado pasara frente a sus casitas de chocolate. ¡Es pura cuestión de nostalgia!

Dicen que no hay que creer en ellas, que sólo existen en los cuentos de hadas. Si así fuera, ¿quiénes son entonces esos distraídos personajes que van detrás de los volantes? Es preferible creer que sí, que definitivamente, que irremediablemente, que las hay, las hay .....



El mundo del señor Panzetti

Por Irene Vasco
1992

Tanto y tanto se oía hablar del mundo que se estaba acabando, de lo que había que ahorrar, de lo que le iba a pasar a los tataranietos, que el señor Panzetti se sintió responsable por el futuro del mundo y quiso ayudar a resolver el problema.

Lo primero que hizo el señor Panzetti fue ponerse una ropa apropiada.

- Un vestido color luz del día es un desperdicio de claridad – dijo el señor Panzetti.

- Un vestido color profundo de la noche es un desperdicio de oscuridad – dijo el señor Panzetti.

Y se puso un vestido color gris crepuscular para ahorrar suficiente luz del día y bastante oscuridad de la noche.

El señor Panzetti siguió con su programa de ahorro total. Se levantaba muy poco de la cama para ahorrar su propia energía. Si iba a la playa, usaba sólo tres baldecitos de arena para sentarse y cuarenta y siete gotas de agua de mar para bañarse. Si iba a la montaña, solamente se adormecía debajo de los pinos menos frondosos, para que no se perdiera ni un poquito de sombra. Y así sucesivamente.

El señor Panzetti aprendió tanto sobre el ahorro que un día pensó que su experiencia sería muy útil para el resto de la humanidad. Quiso escribir sus memorias, pero tanto y tanto tenía que ahorrar que apenas pudo escribir el título de la obra y su nombre. En ese momento se le acabó el cuaderno, que era bien chiquito por aquello de que “por cada libro que se escribe, un bosque desap…”



Historia sin nombre

Por Irene Vasco
2001

La historia de mi abuela no tiene nombre. Éste no es un juego de palabras. Debe interpretarse literalmente. No tiene nombre porque no tiene ninguna lengua en la que pueda nombrarse. Mi abuela nació rusa. Pero no la arrullaron en ruso: las nanas para dormir las escuchó en rumano, la lengua de mi bisabuela, que nació y vivió en Montenegro y que, por motivos de guerra, de cuando en cuando cambiaba de dueño y de idioma: del ruso al rumano, de una lengua latina a una eslávica, y además con alfabeto cirílico. Esa infancia brumosa, sin idioma permanente, le borró a mi abuela la posibilidad de tener raíces, identidad, memoria.

Cuando apareció mi abuelo montado a caballo, como un príncipe azul (el caballo era de mi bisabuelo, guardabosques en la región de Los Cárpatos, y el caballo era parte de su oficio), intentando rescatarla de ese enredo de lenguas... terminó por enredarla del todo. De regalo de bodas, le entregó un anillo, un pasaporte para viajar al Brasil y tres nuevas lenguas, tres nuevas identidades, tres nuevas historias sin nombre. El alemán, el iddish (los dos eran judíos, ¡por lo menos un hilo en común!) y el portugués de la tierra que colonizaron al poco tiempo.

Mi abuela vivió muchos años en el Brasil y murió en Colombia sin haber aprendido el español... ni el portugués, ni el alemán, ni el iddish, ni el rumano, ni el ruso. Hablaba en todas las lenguas al tiempo, sin que casi nadie pudiera comprenderla. Cuando quería un huevo, un simple huevo, tibio, revuelto o frito, pedía con desesperación un “oivo”. (¿En qué lengua pondrán las gallinas los “oivos”?)

Hoy pienso en la historia sin nombre de mi abuela y busco un idioma que le dé nombre a la mía. Es fácil. Para mí, los huevos de verdad se llaman huevos, tal y como el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos deletrea. Los demás huevos, los que voy aprendiendo por el camino, en francés, en inglés, en portugués, son huevos artificiales, nombrados con el acento latino que se me pegó al cuerpo el día en que nací en un país heredero del español, con una historia en español, con otros abuelos que me arrullaron en español.

Con esta misma lengua le rezo a la Señora de la Buena Muerte para que me favorezca con un final feliz. Eso significa pasar al otro mundo con una rápida oración de despedida, en español, para que el San Pedro de turno no se confunda entre mis palabras y me abra las puertas del cielo sin mayores dificultades. Mientras tanto, de vez en cuando me hago la siguiente pregunta: “¿en qué extraño cielo sin lengua esperará mi abuela el fin de su eternidad?” Hasta ahora no he recibido respuesta, ni en español ni en ningún otro idioma.



Pobres princesas

Por Irene Vasco
1993

Cenicienta y el Príncipe se casaron y fueron felices para siempre. Cenicienta lavaba, planchaba, cosía y cocinaba a la perfección. El Príncipe bailaba y bailaba día y noche.

—Cenicienta, vamos al País Azul. La hija del rey cumple quince años y somos sus invitados de honor. ¿Por qué no aprovechas para usar las zapatillas de cristal? Se te ven tan bonitas.

—Ay, Príncipe, le prometí al cocinero real que le enseñaría mi receta de pastel de chocolate. Otra vez será.

—Cenicienta, estamos invitados al baile de disfraces del príncipe Sebastián. Deberías usar el vestido que te regaló el hada madrina. Es que te ves preciosa.

—Ay, no puedo salir esta noche. Tengo mucha ropa por remendar. Otra vez será.

Cenicienta no salía de la cocina, no usaba zapatillas de cristal, no se ponía bellos vestidos, en fin, no se volvió a ver por ningún salón. Cuentan que engordó tanto con las famosas recetas, que tuvo que regalar los vestidos de ojalillo y organdí que le había dado el hada madrina.

Sus hermanas, mientras tanto, se esmeraban por lucir hermosas. Ensayaban peinados de dos pisos, iban al sastre para que les fabricara preciosos lunares de terciopelo, se ajustaban las cinturas con lazos de colores, encargaban esencias y perfumes y aprendían los ritmos de moda.

Desde hace tiempo, son ellas quienes acompañan al Príncipe a todas partes. Dicen que se han puesto tan bonitas que hasta pueden lucir las zapatillas de cristal. El Príncipe no se cansa de admirarlas y en la noche, al regresar de las fiestas, repite:

– ¡Cenicienta, eres fantástica! ¡Nunca imaginé que esas hermanas de quienes hablabas tan mal pudieran actuar como verdaderas princesas!

Cenicienta sonríe entredormida, se vuelve de lado y sigue soñando feliz entre sus sábanas de encaje.



Ágata

Por Irene Vasco
1993

Era bruja y se llamaba Ágata. No sólo era bruja, era la mejor de las brujas porque sabía muchos hechizos terribles y porque siempre le salían perfectos. Era además bien fea. Usaba nariz ganchuda, granos verdes en la punta de la nariz, pelo grasiento y faldones desaliñados. Lo que mejor hacía la bruja Ágata era ...
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Los ogros

Por Irene Vasco
1989

Los ogros son personajes con muy mala fama. Dicen que son muy grandes, muy fuertes y muy feos. Dicen también que comen niños y que se roban los tesoros de los humanos. Lo cierto es que los ogros son personajes tranquilos y bondadosos que viven con sus familias en preciosos casitas o bellísimos palacios ...
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